domingo, 16 de noviembre de 2014

1. Revolotean en mi cabeza

No me gusta estar sola, quizá es lo que menos me gusta en esta vida. Y quizá lo odie tanto porque cojo cariño a la gente muy fácilmente.
No soy de esas que con sólo ver un cuerpazo y escuchar tres frases bonitas se ceden. Ni tan siquiera con una canción dedicada, ni una tarjeta, ni un ramo de flores...
Pero después de la novedad ocurrida hacía pocos días, necesitaba a alguien con quien estar. Desde pequeña he pensado que las parejas no eran más que una mujer y un hombre, unidos con el fin de enseñar una tarea a sus hijos. El hombre es el que va a trabajar, con dos cojones bien puestos. La mujer, en cambio, es la que queda a cargo de esos hijos que, inesperadamente, ha recibido.
Pero me cuesta llegar a la plena confianza. Debo confesaros que mi primer novio fue algo inesperado pero muy deseado. Por ello he admirado siempre a aquella gente que, de haber hablado o chateado con esa persona a la que llaman amor, se sumerjan en una aventura como pareja, sin importarles siquiera si sufrirán o serán felices mucho tiempo. A veces lo envidio... ¿O acaso no puedes admirar algo que envidias? ¿O puedes envidiar algo que no admiras?
Yo siempre necesito tener a alguien, creo que conlleva a una buena definición acerca de mí; bueno, quizá acerca de una cuarta parte. Además pienso que tu pareja, perdón, corrijo, "talismán", es el elemento más importante en la vida de una persona.
A veces me han hecho esa pregunta tan inútil de: ¿Qué te llevarías a una isla desierta? Y yo pienso: "mi talismán, una botella de vodka y una caja de condones". Aunque no sé por qué acabo diciendo: "un buen libro y mi mp3".
Y lo cierto es que tardas meses en hacer tuyo un talismán; cientos de miradas para encender esa chispa tan especial, cientos de saludos que tanto atraen y llevan al enamoramiento. Al final sabes cómo es tu relación con uno de ellos sólo por esos pequeños detalles, cómo será de larga o de corta según se porte. Incluso sabes cómo huele después de una sola pasada. Ojalá pudiésemos saber tanto de las madres que dicen ser las nuestras y nos acogen y cuidan hasta por fin echarnos.
Aunque tengo que deciros que yo no creo en el amor a primera vista, ya lo dejo claro para que no queden dudas. No creo en el amarse sin haber conectado aún. No creo en suspirar por otra persona con la que ni siquiera te ha dado tumbos la cabeza.
Pero en lo que sí he creído siempre es en que los talismanes llevan en su interior parte del corazoncito bondadoso de sus madres, aquellas que les cuidaban y decían que no le soltarían jamás. Y es por esa razón por la que les damos varias oportunidades: para que aprendan a usar ese don obtenido hasta repartir amor. A nadie le gusta que no le den segundas, terceras, o incluso cuartas oportunidades. Aprendemos y rectificamos tanto en esos momentos...
Creo que llevaba 3 horas rondando por la plaza cuando llamaron aquel día al teléfono. casi nunca llevo teléfono encima cuando salgo. No sé por qué aquel domingo me lo llevé a la calle; bueno, sí que lo sé, sabía que mi madre estaría al acecho para ver si llegaba un solo segundo tarde. Y nunca ha tenido paciencia. La verdad es que lo he heredado de ella, y ella de su madre, y su madre de su madre... Algún día el mundo será de los impacientes, o eso espero.
El teléfono volvió a sonar. Lo cogí. Era mi hermana. Ella la perdió con 14 años recién cumplidos. Dice que lo realmente fuerte fue ver en directo cómo su talismán lo gozaba plenamente mientras ella lo único que sentía era dolor. Siempre se preguntaba: "La segunda ves que experimentas el sexo, ¿sientes como si no tuvieras fondo? ¿O debía chocar con algo que le impidiera volverte a herir?" Eso la preocupaba enormemente. Deseaba saberlo, aunque con el tiempo fue sacando sus propias conclusiones y se respondía: "No, no tiene porqué pasar ninguna de las dos cosas. El plan es relajarte al máximo, disfrutar lo que puedas y dejar que las mariposas revoloteen en tu cabeza." Y os juro que sus pupilas se dilataban al máximo.
Volviendo a aquel día, en aquel momento de la llamada, miré el reloj. Las ocho y cuarto de la tarde. Justo una hora para volver a casa.
Descolgué sin ningún nervio, con una curiosidad más grande que mi precisión.
Sólo por el ruido de fondo sabía lo que iba a decirme; hay veces en la vida que un ruido dice más de lo que tenías pensado decir tú.
Quería que fuera a presentarme a sus queridos amigos, esos de los que tanto me había hablado, junto con su talismán. Acepté. Al fin y al cabo, a partir de aquel momento me mente cambiaría para siempre.

lunes, 1 de abril de 2013

Prólogo: "El chico de ensueño"




Corazones que se agitan
Cuerpos que queman
Fuego que resbala
Palabras que vuelan sobre cabezas
La verdad, lo he escrito yo, sí, una adolescente entusiasmada con la idea de enseñar al mundo un trocito de su problemática, aunque interesante, y a la vez estresante, VIDA.
Sólo quería hablaros de él, sí, ¡ÉL!, mi "chico de ensueño". (No queda muy lejos de que sea totalmente mío, pero eso lo descubriréis más adelante). Me provoca una sonrisa plena, la de la lengua entre los dientes, una de mis sonrisas preferidas que él tanto conoce. Tiene el don de saber, con sólo verme de lejos o, conversar no más de diez segundos, cómo es mi estado de ánimo, si me ha ocurrido algo o si he visto fuego que resbala (...) Otro de sus dones es el de repartir cariño, felicidad, seguridad, sinceridad, amor y vida a las personas que lo rodean y que él quiere. Siempre encuentra las palabras adecuadas para cada momento y las caras correspondientes. Es fascinante y anonadante.
Cuando lo vi por primera vez, no sabía quién era, sólo que iba a un ritmo propio e innovador para un adolescente, fascinado por la vida y sus pros.
La primera vez te saludará con un apretón de manos, si eres un chico, o algún beso en la mejilla, en caso contrario. La despedida ya poco la menciono, le habrá dado igual que tú hayas estado en aquel lugar con él, lo mínimo un adiós mal pronunciado.
Tampoco hace mucho que lo conozco, pero durante este intenso tiempo que hemos compartido, de risas, palabras y momentos mágicos, abrazos, besos, regalos y algún que otro llanto, lo he conocido más y hemos llegado a un punto en el que,  con sólo escuchamos por teléfono, sabemos qué le pasa al otro. (El principio de una larga e inmortal unión que un día encontré..)
¡No me sueltes nunca, cielo!